La "Roja" que Calla
Las instituciones mueren cuando aprenden a ceder
El domingo, mientras esperaba el juego de México, me llegó una notificación rara: “Balogun estará elegible para jugar contra Bélgica”. Te cuento…
Folarin Balogun, delantero y estrella de los Estados Unidos, había recibido una tarjeta roja en el partido anterior tras una jugada accidentada, que sin intención pero muy artera, “tronó” el tobillo de un jugador de Bosnia. Sanción automática: fuera del siguiente juego. Las reglas son las reglas.
Excepto que no lo fueron. FIFA revisó la jugada, encontró una razón técnica para revertir la sanción, y Balogun jugó ayer. Donald Trump publicó que había pedido a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, revisar la jugada.
¿Fue la decisión correcta técnicamente? Quizá.
¿Alguien en el mundo la vio como una decisión técnica? No.
Eso es lo que pasa cuando una institución cede ante el poder aunque sea una sola vez: ya nadie le cree cuando dice que no lo hizo.
FIFA no es una víctima inocente en esta historia; lleva décadas siendo una de las instituciones más corruptas del deporte mundial: sobornos, manipulaciones, sedes compradas.
Pero hay una diferencia entre una institución corrupta que al menos guarda las formas, y una institución corrupta que ya ni eso. Cuando el árbitro acepta instrucciones, deja de ser árbitro... Y cuando deja de ser árbitro, el juego deja de tener sentido.
Esto no solo pasa en la FIFA, pasa en la sociedad y en las empresas.
Por ejemplo, en los consejos de administración, hay un momento que muchos líderes conocen bien — aunque pocos lo nombran en voz alta.
Estás sentado en una sala de consejo, presentando una decisión que no te convence. Los números no cuadran, la estrategia no es clara, el rumbo te preocupa. Y volteas a ver a los demás consejeros. Y nadie dice nada…. no porque todos estén de acuerdo sino porque todos se conocen: el que presenta es amigo del que preside y señalar el problema tiene un costo social que nadie quiere pagar ese día.
Y así, sin que nadie lo decida explícitamente, el consejo deja de ser consejo. Se vuelve un grupo de amigos que se reúne a validar lo que ya está decidido. La función de supervisión — la razón por la que existe ese consejo — desaparece sin que nadie la elimine. Solo se vuelve incómoda. Y lo incómodo, con el tiempo, se vuelve invisible.
Eso es un “secuestro institucional”. No llega de golpe; por ello es peligrosísimo.
No hay un momento donde alguien anuncia: a partir de hoy, este consejo ya no va a cuestionar nada. Llega en pequeñas dosis. Una vez que no dijiste algo porque no era el momento, otra que callaste para no incomodar, luego la dejaste pasar porque total, probablemente salga bien.
Y un día te das cuenta de que llevas meses — o años — sin decir lo que realmente piensas en esa sala.
El poder no necesita destruir una institución para “matarla”. Solo necesita que la institución aprenda a tener miedo; o peor: que aprenda a tener vergüenza de incomodar. ¿Te suena algo?
Una empresa que no contrata al proveedor incómodo.
Un directivo que suaviza el reporte porque el número duele.
Un consejero que vota sí porque votar no tiene un costo que hoy no quiere pagar.
Un líder empresarial que calla cuando el gobierno toma una decisión que le afecta a él y a su industria — porque tiene contratos, porque tiene permisos., porque es una empresa pública y pesan los resultados.
Un empresario que ve cómo asfixian a una ONG que le importaba — con trabas fiscales, con campañas en redes, con el peso del aparato oficial — y decide no decir nada porque su empresa también tiene frentes abiertos con el gobierno.
Un periódico que suaviza la nota porque necesita la pauta oficial.
Una institución deportiva revierte una tarjeta roja porque el estadio está lleno de banderas del país anfitrión.
Nadie anuncia que cedió. Simplemente, un día, ya no dicen lo que antes decían.
Cuestiónate: ¿Hay alguna sala — de consejo, de equipo, de socios — donde dejaste de decir lo que realmente piensas? ¿Cuánto de tu independencia cediste sin que nadie te la quitará?
Las instituciones que más admiras llegaron hasta aquí porque alguien, en algún momento, decidió que el costo de hablar era menor que el costo de callar. ¿De qué lado estás?

